por Mendiola, Luis
A menos que alguien ceda, difícilmente se logren conciliar los reclamos de los “indignados” y quienes detentan el poder y los medios para darles solución.Los “indignados”, que ocuparon la atención pública en España –Puerta del Sol en Madrid, Plaza de Cataluña en Barcelona– y en otros países de Europa se retiraron de esos emblemáticos lugares. En Barcelona, el 15 de mayo practicaron lo que aquí llamamos un “escrache” frente al Parlamento catalán. ¿Qué quedará de esa experiencia? Las manifestaciones juveniles en plazas y lugares públicos despiertan la fantasía, las esperanzas y los proyectos de los que están presentes y de los que se unen a través de los medios. Hacen historia, como la Tahrir, en El Cairo. Y aun fracasando, como en Tienanmen.
Pero ¿qué será ahora de las plazas españolas? La Unión Europea enfrenta dilemas muy graves en España, Irlanda, Portugal y Grecia. Cada caso es diverso, pero los acomuna el hecho de que sus sociedades y gobiernos tienen problemas que no pueden resolver por sí solos. Comparten el endeudamiento externo e interno, el desempleo estructural –en especial, de la juventud–, la disconformidad de la sociedad ante un futuro desalentador, la perplejidad de los gobiernos y las exigencias perentorias de los actores externos. El choque de voluntades entre quienes pretenden soluciones inmediatas y absolutas –los manifestantes– y quienes exigen disciplina, sacrificios, corrección de conductas –los encargados de aportar los medios– es frontal y no ofrece posibilidad de consenso. Si las conducciones políticas de esos países pretenden una salida, tendrá un alto costo. En elecciones que sucedieron a disturbios y crisis triunfaron los proyectos contrarios –de derecha– a las pretensiones de la plaza.
Es una espiral negativa, sin aparente solución. A menos que alguien ceda –y no es difícil deducir quién deberá hacerlo–, no es predecible la ruptura de la unidad monetaria europea. Es más plausible un futuro de ajustes estructurales. Si las sociedades de Europa oriental lograron cambios mucho más profundos –salir de una economía socialista– y hoy se encuentran en mejor situación, significa que es posible.
El caso de los “indignados” es distinto. La protesta fue disciplinada e ingeniosa. Intentaron consensos entre ideologías contrarias, manifestaron malestar contra la clase política, pretenden una revolución ética y una reforma electoral que permita mayor expresión. Apelan a derechos básicos como la vivienda, luego del desastre inmobiliario español; claman por abolir leyes injustas y discriminatorias, ligadas a una reforma fiscal radical y a suprimir privilegios de clase, en especial, de la política. Coinciden con otras protestas contra el FMI, pero agregan el rechazo a la Banca Central Europea.
Pero este reclamo es irreal: la BCE no puede ser evitada, es un pilar esencial del sistema monetario común. Y salir del euro es una fantasía. Los “indignados” suman reclamos con historia antigua: la “desvinculación” de la Iglesia y el Estado, más regulaciones laborales, el cierre de las centrales nucleares (en España hay ocho), la oposición a las privatizaciones, la “real” separación de los poderes, el cierre de las fábricas de armamentos, la reducción del gasto militar y la transparencia en el uso de los fondos de los partidos políticos. Otros reclamos se refieren a la expropiación de viviendas no usadas, la reducción del tiempo de trabajo, la jubilación a los 65 años, el control de las entidades bancarias. Se aspira a una democracia más participativa a través de los referendums y a la existencia de un poder judicial independiente. Pero el reclamo real, profundo, de la “indignación”, se sintetiza en la crítica a la deserción de la clase política. Si al menos este aspecto fuera escuchado, ya sería un triunfo.